| Eduardo
Galeano cuenta la historia de la invasión a Bahía
de Cochinos
1961
Bahía de Cochinos
A contraviento,
a contramuerte,
siempre de ida, nunca de vuelta, la revolución
cubana continúa escandalosamente viva a no más
de ocho minutos de vuelo de Miami.
Para acabar con la insolencia, la CIA lanza una
invasión desde Estados Unidos, Guatemala y
Nicaragua. Somoza II despide en el muelle a los
expedicionarios. El Ejército Cubano de Liberación,
que la CIA ha fabricado y puesto en
funcionamiento, está formado por militares y
policías de la dictadura de Batista y por los
desalojados herederos de las plantaciones de azúcar,
los bancos, los diarios, los garitos, los
burdeles y los partidos políticos.
- ¡Tráiganme un par de pelos de la barba de
Castro! -les encarga Somoza.
Aviones de los Estados Unidos entran en el cielo
de Cuba. Están camuflados. Llevan pintada la
estrella de la Fuerza Aérea Cubana. Los aviones
ametrallan, volando bajo, al pueblo que los
saluda, y descargan bombas sobre las ciudades.
Tras el bombardeo, que prepara el terreno, los
invasores desembarcan en los pantanos de la Bahía
de Cochinos. Mientras tanto, el presidente
Kennedy juega al golf en Virginia.
Kennedy ha dado la orden, pero había sido
Eisenhower quien había puesto en marcha el plan
de invasión. Eisenhower había dado su visto
bueno a la invasión a Cuba en el mismo
escritorio donde antes había aprobado la invasión
de Guatemala. El jefe de la CIA, Allen Dulles, le
aseguró que acabaría con Fidel Castro como había
acabado con Arbenz. Sería cosa de un par de
semanas, día más, día menos, y el mismo equipo
de la CIA se haría cargo del asunto: los mismos
hombres, desde las mismas bases. El desembarco de
los libertadores desencadenaría la insurrección
popular en la isla sometida a la tiranía roja.
Los espías norteamericanos sabían que el pueblo
de Cuba, harto de hacer colas, no esperaba más
que la señal de alzarse.
1961
Playa Girón
La segunda derrota militar de los Estados Unidos
en América Latina
En tres días
acaba Cuba con los invasores. Entre los muertos,
hay cuatro pilotos norteamericanos. Los siete
buques, escoltados por la Marina de Guerra de los
Estados Unidos, huyen o se hunden en la bahía de
los Cochinos.
El presidente Kennedy asume la total
responsabilidad por este fiasco de la CIA.
La CIA creyó, como siempre, en los informes de
sus pícaros espías locales, que cobran por
decir lo que gusta escuchar; y, como siempre,
confundió la geografía con un mapa militar
ajeno a la gente y a la historia. Las ciénagas
que la CIA eligió para el desembarco habían
sido el lugar más miserable de toda Cuba, un
reino de cocodrilos y mosquitos, hasta que la
revolución llegó. Entonces el entusiasmo humano
transformó estos lodazales, fundando en ellos
escuelas, hospitales y caminos. La gente de aquí
fue la primera en poner el pecho a las balas,
contra los invasores que venían a salvarla.
1961
La Habana
Retrato del pasado
Los invasores,
parásitos y verdugos, jóvenes millonarios,
veteranos de mil crímenes, responden a las
preguntas de los periodistas. Nadie asume la
responsabilidad de Plata Girón ni de nada; todos
eran cocineros de la expedición.
Ramón Calviño, célebre torturador en los
tiempos de Batista, sufre amnesia total ante las
mujeres por él golpeadas y pateadas y violadas,
que lo reconocen y lo increpan. El padre Ismael
de Lugo, capellán de la brigada de asalto, busca
amparo bajo el manto de la Virgen. Él había
peleado del lado de Franco en la guerra española,
por consejo de la Virgen, y ahora invadido Cuba
para que la Virgen no sufra más contemplando
tanto comunismo. El padre Lugo invoca una Virgen
empresaria, dueña de algún banco o plantación
nacionalizada, que piensa y siente como los otros
mil doscientos prisioneros: el derecho es el
derecho de propiedad y de herencia; la libertad,
libertad de empresa. La sociedad modelo, una
sociedad anónima. La democracia ejemplar, una
asamblea de accionistas.
Todos los invasores han sido educados en la ética
de la impunidad. Nadie reconoce haber matado a
nadie. Y al fin y al cabo, tampoco la miseria
firma sus crímenes. Algunos periodistas les
preguntan sobre las injusticias sociales, pero
ellos se lavan las manos, el sistema se lava las
manos: los niños que en Cuba y en toda América
Latina mueren a poco de nacer, mueren de
gastroenteritis, no de capitalismo.
1961
Washington
¿Quién invadió Cuba? Un diálogo en el Senado
de los Estados Unidos
Senador Capehart
-¿Cuántos aviones teníamos?
Allen Dulles (director de la CIA) -¿Cuántos tenían
los cubanos?
Senador Sparkman -No, los americano. ¿Cuántos?
Dulles -Bueno, se trata de cubanos.
Sparkman -Los rebeldes.
Dulles -Nosotros no los llamamos rebeldes.
Capehart -Quiero decir: las fuerzas
revolucionarias.
Sparkman -Cuando él se preguntó cuántos
aviones teníamos, se refería a eso, a las
fuerzas anti-Castro.
Richard M. Bisell (sub-director de la CIA) -Empezamos,
señor, con dieciséis B-26...
1961
La Habana
María de la Cruz
Poco después de
la invasión, se reúne el pueblo en la plaza.
Fidel anuncia que los prisioneros serán
canjeados por medicinas para los niños. Después
entrega diplomas a cuarenta mil campesinos
alfabetizados.
Una vieja insiste en subir a la tribuna, y tanto
insiste que por fin la suben. En vano manotea el
aire, buscando el altísimo micrófono, hasta que
Fidel se lo acomoda:
-Yo quería conocerlo, Fidel. Quería decirle...
-Mire que me voy a poner colorado.
Pero la vieja, mil arrugas, cuatro huesitos, le
descerraja elogios y gratitudes. Ella ha
aprendido a leer y a escribir a los ciento seis años
de edad. Y se presenta. Se llama María de la
Cruz, por ser nacida el mismo día de la invención
de la Santa Cruz, y de apellido Semanat, porque
Semanat se llamaba la plantación de caña donde
ella nació esclava, hija de esclavos, nieta de
esclavos. En aquel tiempo los amos mandaban al
cepo a los negros que querían letras, explica
María de la Cruz, porque los negros eran las máquinas
que funcionaban al toque de campana y al ritmo de
los azotes, y por eso ella ha demorado tanto en
aprender.
María de la Cruz se apodera de la tribuna. Después
de hablar, canta. Después de cantar, baila. Hace
más de un siglo que se ha echado a bailar María
de la Cruz. Bailando salió del vientre de la
madre y bailando atravesó el dolor y el horror
hasta llegar aquí, que era donde debía llegar,
de modo que ahora no hay quien la pare.
1961
Punta del Este
La letrinocracia
Después del
fracaso del desembarco de los soldados en Cuba,
los Estados Unidos anuncian un gran desembarco de
dólares en América Latina.
Para aislar a los barbudos, el presidente Kennedy
ofrece a los latinoamericanos torrentes de
donaciones, préstamos, inversiones:
-Cuba es la gallina de los huevos de oro -comprueba
el Che Guevara, en la conferencia panamericana de
Punta del Este.
El Che denuncia este proyecto de soborno como una
tomadura de pelo. Para que nada cambie, se
desencadena la retórica del cambio. Suman medio
millón las páginas de los informes oficiales de
la conferencia, y no hay página que no hable de
revolución, reforma agraria y desarrollo.
Mientras los Estados Unidos tumban las precios de
los productos de América Latina, prometen
letrinas a los pobres, a los indios, a los negros:
no maquinarias, ni equipos, sino letrinas:
-Para los señores técnicos -acusa el Che-,
planificar es planificar la letrina. Si les hiciéramos
caso, Cuba podría ser...¡un paraíso de la
letrina!
Memoria del
Fuego (3)
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