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Eduardo Galeano - Crónica de la ciudad de La Habana


Los padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución y él estaban
recien nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de Los Angeles a
La Habana, para conocer su país.
Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y
se iba a leer libros sobre Cuba. Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José
Martí, hasta que caía la noche.
Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle. Hubo gritos de
protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los pasajeros vieron el motivo del
frenazo: una mujer muy rumbosa, que había cruzado la calle.
—Me disculpan, caballeros —dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó.
Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte.
El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron
acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared,
lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir de
aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y hablaba
sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El
conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación.
Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta inquietud
general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano, cundió el pánico en
las masas.
Le tocaron la bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó la
bocina como alarma de robos o sirena de ncendios; pero el conductor, sordo, como
si nada, seguía pegado a la muy sabrosa.
Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que
parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se
sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68
continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer
llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un
buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua
68 hasta el final.
Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca.