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Diez años de impunidad y desigualdad ante la ley marcan la paz en El Salvador
Dagoberto Gutiérrez
Equipo Nizkor

Las banderas al viento y los colores al sol se casaron hace diez años con la
sonrisa y la esperanza. Una negociación nunca antes vista y unos acuerdos
desconocidos, se presentaron con su primera y quizás única victoria: el fin
negociado de la guerra de doce años.
En el afán de terminar la guerra se dieron encuentros y desencuentros, y así:
para el imperio estadounidense, se trataba de acabar con una guerrita que no
valía una intervención directa; para nosotros, el fin negociado de la guerra era
una victoria en un mundo desfavorable y la negociación era hija de los fusiles;
para las derechas, los acuerdos eran una negociación inevitable; para el pueblo,
la negociación era el fin de los disparos; para la ONU, era su negociación más
completa, y para el grupo de amigos (Colombia, Venezuela, México y España), era
geopolítica triunfante.
Ciertamente el pueblo celebró el fin de la guerra mucho más que el nacimiento de
los acuerdos, aún cuando estos se presentaron como muestra de democracia
vigorosa y demostración de voluntad , y hasta nobleza del bloque del poder.
Los acuerdos fueron resultado de la armonía conflictiva entre la concertación y
la confrontación, tal como son todos los acuerdos, pero frente al pueblo, la
concertación se presentó solitaria, como solución en sí misma, y las derechas y
la izquierda sistémica, en armonioso conjuro, satanizaron la confrontación, como
si la vida social pudiera pensarse sin el conflicto que la nutre y la define.
Guerra y negociación se ubicaron en estancos separados y todo el heroísmo y el
valor desplegado en la guerra fueron sepultados para que sus ecos de sangre no
despertaran la confrontación ni perturbaran la concertación.
El pueblo atribuyó la paternidad de los acuerdos a los negociadores y no pudo
encontrar su vida reflejada en los textos laberínticos del documento de paz. En
realidad, desde la firma y presentación en sociedad de los acuerdos, desaparecen
las partes y se esfuma la mesa de negociación, por mucho que se rezara a la
concertación. En estas condiciones estalla la lucha desigual para la aplicación
de los acuerdos, los cuales no han sido cumplidos.
Cuando sed abre la lucha para la aplicación de los acuerdos, el mapa político el
país y había cambiado y la correlación de fuerzas que los hizo posible también
había desaparecido.
Como un dique deteniendo las aguas con sus manos, el logro más colorido: la
conversión del FMLN en partido político, funcionó como la ilusión mayor que
confinó las esperanzas colectivas en las elecciones, las aspiraciones en los
cargos públicos e hizo de la historia un secreto bajo llave. Todo esto pasó a
formar parte del ideario político de los insurgentes, ahora convertidos en
partido político.
Los acuerdos fueron hijos legítimos de la guerra de doce años, sin la cual no es
posible pensarlos; pero estos acuerdos debían matar a su madre para ser
elegantes y presentables. Esta muerte fue, en realidad, la prenda codiciada de
la mesa de negociación y los componentes del acuerdo eran el precio a pagar y a
cobrar por la joya apetecida. Así las cosas, se trataba de pagar lo menos
posible y de cobrar la mayor cuenta.
Para el FMLN, la negociación era el ajuste histórico de cuentas con la dictadura
militar de derecha, que desde su montaje en 1932, llegaba a su final cuando el
siglo también terminaba. Los elementos democratizadores del acuerdo fueron el
precio a pagar por el silencio de las armas y no fueron parte de una agenda
política ni de una visión democratizadora. La negociación fue un acontecimiento
extraño en la vida política del país y fue impuesta por las realidades internas
y externas al país. Los acuerdos logrados en la mesa, aún teniendo cierto
correlato social, no eran expresión fiel de una correlación que en esos momentos
determinaba la nueva organización y distribución del poder que se tejía en el
país y se definiría en el curso de la posguerra. Los acuerdos expresaron la
madurez de la guerra y por eso, con rigor cuántico, se negoció en la mesa
solamente aquello que permitía el juego de los fusiles y no se negoció nada que
no tuviera su debida correlación político militar, por eso se negoció afuera del
país y lejos de las miradas, adentro de la guerra y afuera de la paz. Todo esto
estaba confirmando que la paz nace de la guerra.
La negociación requirió, a su vez, de negociaciones afuera de la mesa y adentro
de la sociedad. La pluralidad de la negociación fue un fenómeno vigoroso pero no
visible y expresó la resistencia de las derechas a los acuerdos políticos, pero
también expresó las diferentes visiones en el seno del FMLN rebelde. No resulta
acertado hablar de negociación y es más correcto pensar en negociaciones, de tal
manera que la mesa fue, solamente, la parte pública de un proceso intrincado que
transcurría en el bloque de poder y de otro proceso similar, que transcurría
entre nosotros los insurgentes.
El fin de la guerra no significó el fin del conflicto, y muy consecuente con
esta verdad, una vez cesados los fogonazos, cada parte negociadora siguió su
camino propio, desapareció la mesa, y el encuentro es vencido por el
desencuentro y la concertación es derrotada por la confrontación.
Los acuerdos resultaron ser civilizatorios y depuradores de lo más grotesco del
sistema político, de aquello que debía sanearse para la salud del sistema. La
fuerza armada fue reducida y su conducta examinada y evaluada en el informe de
la Comisión de la Verdad, cuyas recomendaciones fueron ignoradas; el ejercito al
no ganar la guerra la pierde y el FMLN al no perder la guerra la gana; pero la
oligarquía nunca fue depurada ni evaluada, solamente lo fueron sus guardianes; y
los cuerpos de seguridad, odiados y temidos, fueron disueltos.
La oligarquía resultó ganadora de los acuerdos de paz, en la medida en que la
insurgencia deja de ser rebelde, en la medida en que el Frente deja de serlo
para hacerse partido político, en la medida en que se auto-disuelven sus
organizaciones, en la medida en que se diluye su identidad política buscando una
identidad partidaria.
Todos estos pasos de derrota son una especie de ofrenda de reconocimiento a la
inclusión en el sistema político; mientras, la oligarquía financiera acapara la
economía, somete al Estado, y entrega el país a los globalizadores.
En estos diez años, el pueblo ha perdido poder, ha perdido sus empleos y deja su
vida en los caminos que conducen hacia el norte; es más pobre que hace diez
años, menos libre, sin democracia y sin paz; por eso, a diez años de los
acuerdos, no hay nada que celebrar pero sí hay mucho que conmemorar y aprender.
El pueblo necesita defender su memoria de los enterradores, recuperar el aliento
inmortal de los héroes y los mártires, ganar fortaleza en la lucha diaria y
aprender a apoyarse en la lucha internacional de todos los pueblos. A diez años,
el pueblo salvadoreño sigue caminando.
[Fuente: Por Dagoberto Gutierrez del diario Co Latino, El Salvador, 16ene02]