| Eduardo
Galeano - El niño perdido en la intemperie
En Bucarest, una grúa se lleva la estatua de
Lenin. En Moscú, una multitud ávida
hace cola a las puertas de McDonald's. El
abominable muro de Berlín se vende en
pedacitos, y Berlín Este confirma que está
ubicado a la derecha de Berlín Oeste.
En Varsovia y en Budapest, los ministros de
Economía hablan igualito que
Margaret Thatcher. En Pekín también, mientras
los tanques aplastan a los
estudiantes. El Partido Comunista Italiano, el más
numeroso de Occidente,
anuncia su próximo suicidio. Se reduce la ayuda
soviética a Etiopía y el coronel
Mengistu descubre, súbitamente, que el
capitalismo es bueno. Los sandinistas,
protagonistas de la revolución mas linda del
mundo, pierden las elecciones: «Cae
la revolución en Nicaragua», titulan los
diarios.
Parece que ya no hay sitio para las revoluciones,
como no sea en las vitrinas
del Museo Arqueológico, ni hay lugar para la
izquierda, salvo para la izquierda
arrepentida que acepta sentarse a la diestra de
los banqueros. Estamos todos
invitados al entierro mundial del socialismo. El
cortejo fúnebre abarca, según
dicen, a la humanidad entera.
Yo confieso que no me lo creo. Estos funerales se
han equivocado de muerto.
En Nicaragua, pagan justos por pecadores
La perestroika, y la pasión de la libertad que
la perestroika desató, han hecho
saltar por todas partes las costuras de un
asfixiante chaleco de fuerza. Todo
estalla. A ritmo de vértigo, se multiplican los
cambios, a partir de la certeza
de que la justicia social no tiene por qué ser
enemiga de la libertad ni da la
eficiencia. Una urgencia, una necesidad colectiva:
la gente ya no daba más, la
gente estaba harta de una burocracia tan poderosa
como inútil, que en nombre de
Marx le prohibía decir lo que pensaba y vivir lo
que sentía. Toda espontaneidad
era culpable de traición o locura.
¿Socialismo, comunismo? ¿O todo esto era, más
bien, una estafa histórica? Yo
escribo desde un punto de vista latinoamericano,
y me pregunto: si así fue, si
así fuera, ¿por qué vamos a pagar nosotros el
precio de esa estafa? En ese
espejo nunca estuvo nuestra cara.
En las recientes elecciones de Nicaragua, la
dignidad nacional ha perdido la
batalla. Fue vencida por el hambre y la guerra;
pero también fue vencida por los
vientos internacionales, que están soplando
contra la izquierda con más fuerza
que nunca. Injustamente, pagaron justos por
pecadores. Los sandinistas no son
responsables de la guerra, ni del hambre; ni cabe
atribuirles la menor cuota de
culpa por cuanto ocurría en el este. Paradoja de
paradojas: esta revolución
democrática, pluralista, independiente, que no
copió a los soviéticos, ni a los
chinos, ni a los cubanos, ni a nadie, ha pagado
los platos que otros rompieron,
mientras el Partido Comunista local votaba por
Violeta Chamorro.
Los autores de la guerra y del hambre celebran,
ahora, el resultado de las
elecciones, que castiga a las víctimas. El día
siguiente, el gobierno de los
Estados Unidos anunció el fin del embargo económico
contra Nicaragua. Lo mismo
había ocurrido, años atrás, cuando el golpe
militar de Chile. Al día siguiente
de la muerte de Allende, el precio internacional
del cobre subió por arte de
magia.
En realidad, la revolución que derribó a la
dictadura de la familia Somoza no
tuvo, en estos diez años largos, ni un minuto de
tregua. Fue invadida todos los
días por una potencia extranjera y sus
criminales de alquiler, y fue sometida a
un incesante estado de sitio por los banqueros y
los mercaderes dueños del
mundo. Y así y todo se las arregló para ser una
revolución más civilizada que la
francesa, porque a nadie guillotinó ni fusiló,
y más tolerante que la
norteamericana, porque en plena guerra permitió,
con algunas restricciones, la
libre expresión de los voceros locales del amo
colonial.
Los sandinistas alfabetizaron Nicaragua,
abatieron considerablemente la
mortalidad infantil y dieron tierra a los
campesinos. Pero la guerra desangró al
país. Los daños de guerra equivalen en una vez
y media al Producto Bruto
Interno, lo que significa que Nicaragua fue
destruida una vez y media. Los
jueces de la Corte Internacional de La Haya
dictaron sentencia contra la
agresión norteamericana, y eso no sirvió para
nada. Y tampoco sirvieron para
nada las felicitaciones de los organismos de las
Naciones Unidas especializados
en educación, alimentación y salud. Los
aplausos no se comen.
Los invasores rara vez atacaron objetivos
militares. Sus blancos preferidos
fueron las cooperativas agrarias. ¿Cuántos
miles de nicaragüenses fueron muertos
o heridos, en esta década, por orden del
gobierno de los Estados Unidos? En
proporción, equivaldrían a tres millones de
norteamericanos. Y sin embargo, en
estos años, muchos miles de norteamericanos
visitaron Nicaragua y fueron siempre
bien recibidos, y a ninguno le pasó nada. Sólo
uno murió. Lo mató la contra.
(Era muy joven y era ingeniero y era payaso.
Caminaba perseguido por un enjambre
de niños. Organizó en Nicaragua la primera
Escuela de Clowns. Lo mató la contra
mientras medía el agua de un lago para hacer una
represa. Se llamaba Ben
Linder).
La trágica soledad de Cuba
Pero, ¿y Cuba?, ¿No ocurre también allí, como
ocurría en el este, un divorcio
entre el poder y la gente? ¿No está la gente,
también allí, harta del partido
único y la prensa única y la verdad única?
«Si yo soy Stalin, mis muertos gozan de buena
salud», ha dicho Fidel Castro, y
por cierto que no es ésta la única diferencia.
Cuba no importó desde Moscú un
modelo prefabricado de poder vertical, sino que
fue obligada a convertirse en
una fortaleza para que su todopoderoso enemigo no
se la almorzara con cuchillo y
tenedor. Y fue en esas condiciones que este pequeño
país subdesarrollado logró
algunas hazañas asombrosas: hoy por hoy, Cuba
tiene menos analfabetismo y menos
mortalidad infantil que los Estados Unidos. Por
lo demás, a diferencia de varios
países del este, el socialismo cubano no fue
ortopédicamente impuesto desde
arriba y desde afuera, sino que nació desde muy
adentro y creció desde muy
abajo. Los muchos cubanos que han muerto por
Angola o han dado lo mejor de sí
por Nicaragua a cambio de nada, no han estado
cumpliendo sumisamente, y a
contracorazón, las órdenes de un Estado
policial. Si así hubiera sido, sería
inexplicable: nunca hubo deserciones y siempre
sobró fervor.
Ahora Cuba está viviendo horas de trágica
soledad. Horas peligrosas: la invasión
de Panamá y la desintegración del llamado campo
socialista influyen de la peor
manera, me temo, sobre el proceso interno,
favoreciendo la tendencia a la
cerrazón burocrática, la rigidez ideológica y
la militarización de la sociedad.
Cara y cruz de los nuevos tiempos
Ante Panamá, Nicaragua o Cuba, el gobierno de
los Estados Unidos invoca la
democracia como los gobiernos del este invocaban
el socialismo: a modo de
coartada. A lo largo de este siglo, América
Latina ha sido invadida más de cien
veces por los Estados Unidos. Siempre en nombre
de la democracia, y siempre para
imponer dictaduras militares o gobiernos títeres
que han puesto a salvo al
dinero amenazado. El sistema imperial de poder no
quiere países democráticos.
Quiere países humillados.
La invasión de Panamá fue escandalosa, con sus
siete mil víctimas entre los
escombros de los barrios pobres arrasados por los
bombardeos; pero más
escandalosa que la invasión fue la impunidad con
que se realizó. La impunidad,
que induce a la repetición del delito, estimula
al delincuente. Ante este crimen
de soberanía, el presidente Mitterrand hizo
sonar su discreto aplauso y el mundo
entero se cruzó de brazos, después de pagar el
impuestito de una que otra
declaración.
En este sentido, resulta elocuente el silencio, y
hasta la mal disimulada
complacencia, de algunos países del este. ¿La
liberación del este implica luz
verde para la opresión del oeste? Yo nunca
compartí la actitud de quienes
condenaban al imperialismo en el mar Caribe, pero
aplaudían o se callaban la
boca cuando la soberanía nacional era pisoteada
en Hungría, Polonia,
Checoslovaquia o Afganistán. Puedo decirlo,
porque no tengo cola de paja: el
derecho a la autodeterminación de los pueblos es
sagrado, en todos los lugares y
en todos los momentos. Bien dicen por ahí que
las reformas democráticas de
Gorbachov han sido posibles porque la Unión Soviética
no corría el riesgo de ser
invadida por la Unión Soviética. Y simétricamente,
bien dicen por ahí que los
Estados Unidos están a salvo de cuartelazos y
dictaduras militares, porque en
los Estados Unidos no hay embajada de los Estados
Unidos.
Sin sombra de duda, la libertad es siempre una
buena noticia. Para el este, que
la está protagonizando con justo júbilo, y para
todo el mundo. Pero, en cambio,
¿son una buena noticia los elogios al dinero y a
las virtudes del mercado? ¿La
idolatría del american way of life? ¿Las cándidas
ilusiones de ingreso al Club
Internacional de los Ricos? La burocracia, que sólo
es ágil para acomodarse, se
está adaptando aceleradamente a la nueva situación,
y los viejos burócratas
empiezan a convertirse en nuevos burgueses.
Hay que reconocer, desde el punto de vista
latinoamericano y del llamado Tercer
Mundo, que el difunto bloque soviético tenía,
al menos, una virtud esencial: no
se alimentaba de la pobreza de los pobres, no
participaba del saqueo del mercado
internacional capitalista y, en cambio, ayudaba a
financiar la justicia en Cuba,
en Nicaragua y en muchos otros países. Yo
sospecho que esto será, de aquí a
poco, recordado con nostalgia.
Una pesadilla realizada
Para nosotros, el capitalismo no es un sueño a
realizar, sino una pesadilla
realizada. Nuestro desafío no consiste en
privatizar al Estado, sino en
desprivatizarlo. Nuestros Estados han sido
comprados, a precio de ganga, por los
dueños de la tierra y los bancos, y todo lo demás.
Y el mercado no es, para
nosotros, más que una nave de piratas: cuanto más
libre, peor. El mercado local,
y el internacional. El mercado internacional nos
roba con los dos brazos. El
brazo comercial nos vende cada vez más caro y
nos compra cada vez más barato. El
brazo financiero que nos presta nuestro propio
dinero, nos paga cada vez menos y
nos cobra cada vez más.
Vivimos en una región de precios europeos y
salarios africanos, donde el
capitalismo actúa como aquel buen hombre decía:
«Me gustan tanto los pobres, que
siempre me parece que no hay suficiente cantidad».
Sólo en Brasil, pongamos por
caso, el sistema mata mil niños por día de
enfermedad o de hambre. En América
Latina, el capitalismo es antidemocrático, con o
sin elecciones: la mayoría de
la gente está presa de la necesidad y está
condenada a la soledad y a la
violencia. El hambre miente, la violencia miente:
dicen pertenecer a la
naturaleza, simulan formar parte del orden
natural de las cosas. Cuando ese
«orden natural» se desordena, los militares
entran en escena, encapuchados o a
cara descubierta. Como dicen en Colombia: «El
costo de la vida sube y sube, y el
valor de la vida baja y baja».
Pasito a paso
Las elecciones de Nicaragua fueron un golpe muy
duro. Un golpe como del odio de
Dios, que decía el poeta. Cuando supe el
resultado yo fui, y todavía soy, un
niño perdido en la intemperie. Un niño perdido,
digo, pero no solo. Somos
muchos. En todo el mundo, somos muchos.
A veces siento que nos han robado hasta las
palabras. La palabra socialismo se
usa, en el oeste, para maquillar a la injusticia;
en el este, evoca al
purgatorio, o quizás al infierno. La palabra
imperialismo está fuera de moda y
ya no existe en el diccionario político
dominante, aunque el imperialismo sí
existe y despoja y mata. ¿Y la palabra
militancia? ¿Y el hecho mismo de la
pasión militante? Para los teóricos del
desencanto, es una antigualla ridícula.
Para los arrepentidos, un estorbo de la memoria.
En pocos meses, hemos asistido al naufragio
estrepitoso de un sistema usurpador
del socialismo, que trataba al pueblo como a un
eterno menor de edad y lo
llevaba de la oreja. Pero hace tres o cuatro
siglos, los inquisidores
calumniaban a Dios cuando decían que cumplían
sus órdenes; y yo creo que el
cristianismo no es la Santa Inquisición. En
nuestro tiempo, los burócratas han
desprestigiado la esperanza y han ensuciado la más
bella de las aventuras
humanas; pero yo también creo que el socialismo
no es el estalinismo.
Ahora hay que volver a empezar. Pasito a paso,
sin más escudos que los nacidos
de nuestros propios cuerpos. Hay que descubrir,
crear, imaginar. En el discurso
que Jesse Jackson pronunció poco después de su
derrota, en los Estados Unidos,
él reivindicó el derecho de soñar: «Vamos a
defender ese derecho», dijo: «No
vamos a permitir que nadie nos arrebate ese
derecho». Y hoy, más que nunca, es
preciso soñar. Soñar, juntos, sueños que se
desensueñen y en materia mortal
encarnen, como decía, como quería otro poeta.
Peleando por ese derecho, viven
mis mejores amigos; y por él algunos han dado la
vida.
Este es mi testimonio. ¿Confesión de un
dinosaurio? Quizás. En todo caso, es el
testimonio de alguien que cree que la condición
humana no está condenada al
egoísmo y a la obscena cacería del dinero, y
que el socialismo no murió, porque
todavía no era: que hoy es el primer día de la
larga vida que tiene por vivir.
Tomado de:
Eduardo Galeano, El tigre azul y otros relatos,
Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 1991.
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