Free Web Hosting : Free Hosting : Credit Report : Low APR Credit Card  

PORTADA-ARTICULOS-NOVEDADES-NUESTRA HISTORIA-LUCHA-MUSICA-ESPECIALES-CULTURA-PAISES


La revolución del sabemos lo que hicieron

En la Argentina post De la Rúa hay un nuevo léxico, en el que sobresalen palabras como corralito o cacerolazo. Pero una que ya se usaba desde antes cobra cada vez más fuerza: escrache. Cualquier político o economista al que se descubre en algún lugar público es un potencial escrachado, en manifestaciones tan espontáneas como mediáticas. Sin embargo, el escrache nació de otra forma. Fue el modo que la asociación H.I.J.O.S. encontró para denunciar la impunidad de los genocidas de la última dictadura militar (y a sus cómplices del poder económico), beneficiados por el indulto de Menem y las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Para H.I.J.O.S., escrachar significa sacar a la luz algo que permanece oculto en la sociedad: generalmente, los vecinos de los represores no saben que los tienen tan próximos. "El escrache es una herramienta de lucha y lo que mejor que puede pasar es que la gente la use", dice Mariano Robles, militante de H.I.J.O.S. Su compañera Florencia Gemetro, en cambio, plantea algunos reparos: "Nosotros reivindicamos la organización de una forma alternativa de hacer justicia que proviene de una toma de conciencia. Nuestros escraches son producto de un trabajo, de una reconstrucción social y de la necesidad de contar otra historia. Otra cosa es esta expresión de la impotencia multidirigida, en la que cualquiera puede ser escrachado. Cuando se le grita a un político en la calle, esos gritos no provienen de un modo de entender la justicia. Si el sentido del escrache no es conseguir justicia popular, corre el peligro de desvanecerse en el vaciamiento político: no queda nada después, porque no hubo toma de conciencia ni organización. Por otra parte, el escrache no está a favor de la apoliticidad, sino todo lo contrario: es político y se reivindica como tal. La lucha por conseguir la justicia o por desterrar la impunidad es política. En ese sentido, esto encuentra diferencias con el escrache utilizado como una forma díscola de denunciar cosas sin previa construcción".

Cuando los hijos de desaparecidos por la última dictadura militar decidieron agruparse, allá por 1995, la Comisión de Escrache fue una de las primeras que armaron. Tenía otro nombre más serio (Comisión de Reconstrucción Histórica y Condena Moral), pero en la intimidad todos hablaban de escrachar, un término lunfardo que significa "poner en evidencia". "La idea original era que el escrache actuara como una barrera y que fuera la respuesta frente a la injusticia y la impunidad. En el momento en el que comenzamos con los escraches, los genocidas salían por televisión hablando impunemente de los crímenes que habían cometido", explica Florencia. "Es como decirles: vos estás libre porque te dieron impunidad, pero no te la vas a llevar de arriba", completa Mariano.

El primer escrache de H.I.J.O.S. fue a Jorge Magnaco, un médico encargado de los partos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Una ex detenida fue a atenderse al Sanatorio Mitre y descubrió que Magnaco figuraba en la cartilla. Cuando se lo transmitió a los H.I.J.O.S., estos decidieron ponerse en marcha. Durante cuatro viernes seguidos, marcharon desde el sanatorio hasta la casa del médico represor. Resultado: Magnaco fue despedido de su trabajo y en una reunión de consorcio le pidieron que se mudara del edificio donde vivía. Antes de eso, como un antecedente del escrache, los H.I.J.O.S. se habían manifestado en un bar al que solía concurrir Alfredo Astiz.

Convencidos de lo positivo del escrache, los pibes se dedicaron a señalar a buena parte de los genocidas y cómplices de la dictadura que habían quedado impunes. Al principio hacían hasta dos escraches por mes, pero más tarde decidieron cambiar de metodología. Ahora, después de verificar con una investigación que los datos del futuro escrachado sean correctos, los H.I.J.O.S. y demás integrantes de la Mesa de Escrache (que nuclea a varias organizaciones, murgas, grupos de estudiantes o de artistas) se ponen en contacto con agrupaciones del barrio donde se va a realizar la actividad. Organizar cada escrache lleva varios meses: sehacen preescraches (en los que hay recitales u obras de teatro en las plazas cercanas), se volantea casa por casa y, una semana antes de la fecha elegida, la Mesa se traslada al barrio. "Cuando llega el día del escrache, todo el mundo sabe de qué estamos hablando", asegura Florencia. "Generalmente nos convocamos en algún lugar a unas diez cuadras donde vive el genocida y marchamos haciendo un recorrido que pueda rodear la casa lo más posible por dentro del barrio. Cuando llegamos a la casa, hacemos alguna manifestación artística, leemos un discurso escrito por la Mesa y después se tira la famosa bombita de témpera roja, que simboliza que esa casa está manchada con sangre. Y después volvemos a hacer un recorrido hasta el punto de desconcentración, donde bailamos y cantamos como celebración de nuestra lucha. El baile también tiene que ver con apropiarse del espacio físico, de la ciudad contaminada. Si se tiene que convivir con un vecino torturador, está quitándonos parte del espacio físico en el que merecemos habitar. Entonces tomamos la calle y bailamos desenfrenadamente porque es nuestro lugar, donde queremos vivir liberados de esas cosas. Uno pone las cosas en su lugar: ese tipo merece estar en la cárcel y la calle es nuestra". En cada escrache, los H.I.J.O.S. prometen que van a volver, que develar la impunidad de genocidas y cómplices no termina en ese acto. Y cumplen: cada tanto, organizan un escrache móvil, una suerte de caravana por los domicilios de los ya escrachados.

Para H.I.J.O.S., la elección de las bombitas de témpera roja es más que un símbolo. "Siempre explicamos que elegimos arrojarlas contra la casa de los genocidas como una forma de hacer justicia, que no tiene que ver ni con la venganza ni con la violencia física contra unos pocos, sino con una construcción de justicia para transformar la sociedad entera", asegura Florencia. La idea que subyace en los escraches más recientes es que ese acto de desenmascarar a los genocidas no acabe con el simple acto. "Cuando termina un escrache, siempre queda la idea de nuclearse en torno de las necesidades del barrio", dice Mariano. "En ese sentido, el escrache es la excusa para que los vecinos se conozcan. En San Cristóbal, Villa Urquiza y Floresta trabajamos con varias organizaciones y, después del escrache, hubo un espacio más sólido para generar las asambleas barriales que ahora se generalizaron".


La canción es la misma

Por Cristian Vitale

Uruguay

HIJOS-Uruguay nació a mediados de la década pasada, en la presentación del libro Sara buscando a Simón, de Sara Méndez. Allí estaban presentes tres integrantes de H.I.J.O.S Capital (Argentina), y también algunos hijos de exiliados y de asesinados uruguayos. "Ahí nació la iniciativa de conseguir la lista de otros hijos para llamarlos y reunirnos. El único material al que tuvimos acceso fueron los teléfonos que conseguimos en el grupo de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos", explica uno de los fundadores. La primera actividad pública de la organización fue una concentración frente al Comando del Ejército en Montevideo, lugar en el que se presentaba una muestra de armamento. Los escraches llegaron al tiempo. "El primero que hicimos fue a José Nino Gavazzo, uno de los personajes más siniestros de lo que fue la represión durante la dictadura uruguaya. En aquella oportunidad manifestamos a unas cuadras de su casa (José Martí 3067), denunciando en su barrio y en toda la población quién es y qué hizo. Estos personajes amparados y protegidos por una ley inhumana y desprovista de toda lógica y razón se escudan en el anonimato debido al escaso conocimiento que tiene la gente sobre ellos." El 27 de junio de 2001 –el día del 28º aniversario del golpe de Estado en Uruguay– se realizó una marcha con más de 15 mil personas, bajo la consigna "Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla", en referencia a la ley de caducidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida en la Argentina. El 24 de noviembre del año pasado escracharon la casa del coronel Manuel Cordero, en Atlántida (Calle 10 y 5). Cordero es uno de los principales torturadores y ejecutor del nefasto Plan Cóndor, especie de Mercosur del terror.



Francia

Marie Laure Stirnemann –integrante de HIJOS Francia– asegura que la sociedad francesa aprecia mucho el trabajo de la agrupación. "Los franceses piensan que el único responsable de las dictaduras argentinas fue Estados Unidos, que es un país muy mal visto. Y no implican a Francia en el tema. Pero nosotros estamos tratando de contarles que el ejército francés también jugó su rol en las dictaduras americanas. Sobre esa base se fundamenta nuestro trabajo de memoria", explica. La agrupación cuenta con un periódico que se edita cada dos meses, organiza charlas y debates, presenta películas y participa en programas de radio. "Cuando vino Menem, la policía nos molestó, nos robó nuestras pancartas y volantes. Pero fue un caso aislado, porque aquí es imposible organizar una marcha o un evento sin una autorización previa de la policía." La agrupación nació el 24 de marzo de 1996, está compuesta por diez integrantes y el mayor escrache fue en mayo del 2001, contra el Plan Cóndor, en el que interactuaron las agrupaciones de Francia, Argentina, España, Chile, Uruguay, México y Suecia.



Chile

Al escrache le dicen "funa", pero ésa es la única diferencia con los de la Argentina. La organización nació como efecto de las vigilias de un puñado de jóvenes en la sede de la Agrupación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos durante el juicio a Pinochet en Londres, y se constituyó formalmente en octubre del 2000 como Acción, Verdad y Justicia (AJV-HIJOS, Chile). Al principio eran no más de un centenar, pero ya superan los setecientos miembros. Los "funados", al día de hoy, son varios: Alejandro Forero, médico y supervisor de torturas en campos clandestinos, hoy accionista en la paqueta clínica Indisa; Emilio Sajuria Alvear, integrante de la DINA (la policía secreta de Pinochet) y hoy empleado de Telefónica de Chile ("un claro ejemplo de nexo explícito entre poder económico yterrorismo de Estado"); Miguel Krassnoff Martchenko, uno de los jefes del Plan Cóndor; Beatriz Undurraga, periodista del diario El Mercurio, uno de los principales responsables del derrocamiento de Salvador Allende en 1973; y Germán Barriga Muñoz, torturador e integrante de la DINA. El 23 de junio de 2001, cuando intentaron "refunar" al empresario trasandino Ricardo Claro, fueron severamente reprimidos por fuerzas especiales de carabineros. Bajaron de tres micros, los mojaron, les pegaron y detuvieron a 50 personas de un total de 180. "La razón de esa protección es evidente: Claro mantiene excelentes relaciones con el poder político y también con los carabineros. Formó parte, además, del directorio de la empresa Elemental, que entregó a sus trabajadores para que los asesinaran durante la dictadura. Y hoy mantiene su poder: es dueño de las empresas Cristalerías Chile, Viña Santa Rita, Metrópolis Intercom, Megavisión y Bazuca.com."



México

Verónika fue un personaje central en el origen de los HIJOS mexicanos. En 1996, ella le cuestionó a la canciller mexicana, Rosario Green, la responsabilidad de trabar la extradición del represor argentino Ricardo Miguel Cavallo, responsable de 227 secuestros de personas. Ese fue el punto de partida para el surgimiento de JIJOS, como le dicen a la agrupación en México. Después de algunas acciones, el grupo se dispersó, pero renació a principios de 1999, para exigir la extradición del torturador de la ESMA a España. Sin embargo, las cosas se complican para los JIJOS mexicanos. Una limitación jurídica, extraída del artículo 33 de la Constitución, les impide actuar en política interna por su carácter de argenmexes –hijos de argentinos desaparecidos, radicados en México– no nacionalizados. La agrupación también sumó hijos de mexicanos desaparecidos pero, por ahora, son pocos: no más de 25. Pese a las dificultades, los JIJOS no piensan bajar los brazos.


Ernesto Weber: Este subcomisario retirado actuó en el grupo de tareas 3.2.2, responsable de 3500 víctimas durante la dictadura. Se lo conocía como "220", nombre que hace innecesaria cualquier explicación. H.I.J.O.S. lo escrachó el 7 de octubre de 2000, en su casa de Floresta. "Hicimos un recorrido por el barrio y la gente se sumaba todo el tiempo. Cuando llegamos a donde vivía Weber, había unas quinientas personas del barrio. Fue muy impresionante".



Miguel Etchecolatz: El 9 de setiembre de 1999, H.I.J.O.S. escrachó al responsable de "La noche de los lápices". Fue el más concurrido y el que más represión policial tuvo. Los manifestantes terminaron refugiándose en la Facultad de Ciencias Sociales, pero la policía arrojó gases adentro. "Como el tipo vivía en Pueyrredón y Córdoba, después aprovechamos cada marcha que pasaba por ahí cerca para escracharlo de nuevo".



Samuel Miara
: Por tratarse de un apropiador (además de torturador y violador), éste fue especial. Se hizo el 5 de mayo de 1998, frente a su casa de Chubut 4437, en Ciudadela, pero también hubo uno simultáneo en Francia. "Fue el primero en el que volanteamos puerta a puerta, con un laburo territorial impresionante. Ibamos todos los días en tren. Fue un trabajo detallado y muy cuidadoso, porque queríamos cuidar a los mellizos Reggiardo Tolosa, los chicos de los que se apropió Miara".



Aldo Rico: el intendente de San Miguel, además de haber liderado el levantamiento de Semana Santa, integró el Grupo de Tareas 1 de la Escuela de Infantería de Campo de Mayo (liderado por Guillermo Suárez Mason). El 28 de noviembre, H.I.J.O.S. se movilizó hasta la tierra de Rico para denunciar que sigue con "su política fascista de hambre, represión y discriminación". "Fue la primera vez en la que hicimos un preescrache y que sumamos a las fuerzas vivas del barrio", recuerdan hoy.



1º Escrache Móvil: Página/12 lo describió como "una visita guiada y sobre ruedas por los edificios del horror". La recorrida comenzó frente a la Casa de la Provincia de Buenos Aires, donde se escrachó al actual ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Ruckauf, quien en 1975 firmó un decreto para "aniquilar" la subversión. Siguió frente a la casa del médico represor Jorge Magnaco (ver nota central); luego frente al departamento de Alberto Durand Sáenz, ex jefe del centro de detención clandestina El Vesubio. El final ocurrió frente a la residencia de Emilio Massera y Antonio Bussi (en Libertador y San Martín de Tours). "Dijimos que íbamos a volver y volvimos, o sea que cumplimos con nuestra promesa".

No (Pagina/12)