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Eduardo Galeano - Se venden piernas
(Para Ángel Ruocco)
Hasta el Papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes. Por un
mes, mientras dure el Mundial de Italia, estaré yo también
cerrado por fútbol, al igual que muchos otros millones de
simples mortales.
Nada tiene de raro. Como todos los uruguayos, de niño quise ser
jugador de fútbol. Por mi absoluta falta de talento, no tuve más
remedio que hacerme escritor. Y ojalá pudiera yo, en algún
imposible día de gloria, escribir con el coraje de Obdulio, la
gracia de Garrincha, la belleza de Pelé y la penetración de
Maradona.
En mi país, el fútbol es la única religión sin ateos; y me
consta que también la profesan, en secreto, a escondidas, cuando
nadie los ve, los raros uruguayos que públicamente desprecian al
fútbol o lo acusan de todo. La furia de los fiscales enmascara
un amor inconfesable. El fútbol tiene la culpa, toda la culpa, y
si el fútbol no existiera, seguramente los pobres harían la
revolución social y todos los analfabetos serían doctores; pero
en el fondo de su alma, todo uruguayo que se respete termina
sucumbiendo, tarde o temprano, a la irresistible tentación del
opio de los pueblos.
Y la verdad sea dicha: este hermoso espectáculo, esta fiesta de
los ojos, es también un cochino negocio. No hay droga que mueva
fortunas tan inmensas en los cuatro puntos cardinales del mundo.
Un buen jugador es una muy valiosa mercancía, que se cotiza y se
compra y se vende y se presta, según la ley del mercado y la
voluntad de los mercaderes.
Ley del mercado, ley del éxito. Hay cada vez menos espacio para
la improvisación y la espontaneidad creadora. Importa el
resultado, cada vez más, y cada vez menos el arte, y el
resultado es enemigo del riesgo y la aventura. Se juega para
ganar, o para no perder, y no para gozar la alegría de dar alegría.
Año tras año, el fútbol se va enfriando; y el agua en las
venas garantiza la eficacia. La pasión de jugar por jugar, la
libertad de divertirse y divertir, la diablura inútil y genial,
se van convirtiendo en temas de evocación nostalgiosa.
El fútbol sudamericano, el que más comete todavía estos
pecados de leso eficiencia, parece condenado por las reglas
universales del cálculo económico. Ley del mercado, ley del más
fuerte. En la organización desigual del mundo, el fútbol
sudamericano es una industria de exportación: produce para otros.
Nuestra región cumple funciones de sirvienta del mercado
internacional. En el fútbol, como en todo lo demás, nuestros
paises han perdido el derecho de desarrollarse hacia adentro. No
hay más que ver los seleccionados de Argentina, Brasil y Uruguay
en este mundial del 90. Los jugadores se conocen en el avión.
Solamente un tercio juega en el propio país; los dos tercios
restantes han emigrado y pertenecen, casi todos, a los equipos
europeos. El Sur no sólo vende brazos, sino también piernas,
piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad
de consumo; y al fin y al cabo, los buenos jugadores son los únicos
inmigrantes que Europa acoge sin tormentos burocráticos ni
fobias racistas.
Parece que muy pronto cambiará la reglamentación internacional.
Los clubes europeos podrían, de aquí a poco, contratar a cuatro,
o quizá cinco, jugadores extranjeros. En ese caso, me pregunto
qué será del fútbol sudamericano. No nos van a quedar ni los
masajistas.
En estos tiempos de tanta duda, uno sigue creyendo que la tierra
es redonda por lo mucho que se parece al balón que gira, mágicamente,
sobre el césped de los estadios. Pero también el fútbol
demuestra que esta tierra no es muy redonda, que digamos.
Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos